El gobierno argentino está planteando un giro en su política hacia la Causa Malvinas a contramano de lo actuado en los últimos dos años y medio. Este nuevo posicionamiento irrumpió de forma un tanto sorpresiva durante la última Cadena Nacional presidencial de principios de septiembre y se plasmó en el proyecto de ley que el gobierno nacional envió dos semanas después al Congreso de la Nación. En él se retoma, afortunadamente, una parte importante del histórico reclamo argentino de soberanía sobre las Islas.

A los fines del interés nacional, es elemental que el presidente argentino reivindique —siempre y en todo lugar— con contundencia y fundamentos sólidos, la Causa Malvinas. También es beneficioso para la posición argentina que el tema esté instalado en la agenda pública, tanto a nivel nacional como internacional, como lo ha estado en los últimos meses, y que se generen herramientas que tiendan a ampliar la estrategia de reclamo soberano. Otras cuestiones a discutir, pero que necesariamente dependen de esta condición previa, serían: si la reivindicación es consistente con una determinada política exterior y de defensa, si la misma responde exclusivamente a un oportunismo político, o si las posiciones que predominan en la discusión son las convenientes.

Un análisis superficial de lo que está ocurriendo puede llevarnos a leer este viraje como resultado de un cálculo netamente electoral en el que el oficialismo busca recuperar cierta iniciativa política, con un tema de amplio respaldo popular. No obstante, tratándose de una cuestión tan relevante y sensible para el pueblo argentino, merece un reflexión más profunda, al margen de cualquier especulación de oportunismo. El desafío quizás radique en poder distinguir lo trascendente de lo coyuntural —y lo profundo de lo superficial— en este cambio de posición. Para ello es necesario analizar los hechos y declaraciones con una perspectiva más amplia.

En este sentido, quizás sea más relevante preguntarnos en primer lugar por los motivos del cambio de postura que, a priori, parece indisociable de las repercusiones sociales que trajo el episodio del pasado 15 de julio, cuando los jugadores de la selección festejaron el triunfo ante Inglaterra con la “bandera” de Malvinas, un hecho que puso sobre la superficie el grado de malvinización del pueblo argentino, y que ha generado que hace dos meses el tema ocupe un espacio central en la agenda pública en forma sostenida. En segundo lugar, valdría la pena reflexionar sobre si existe alguna posibilidad de que se modifique en la práctica el rumbo sostenido hasta ahora en relación a Malvinas en el marco de la política exterior y de defensa desplegada por el gobierno en los últimos dos años y medio. En este sentido, este artículo pretende aproximarse al contenido del cambio de política, abordando algunos de sus elementos más relevantes, pero sobre todo vincularlo con el proceso trascendente que lo motivó.

El giro del gobierno y los límites del alineamiento irrestricto

El jueves 3 de septiembre por la noche, el presidente Milei se dirigió al pueblo argentino en una “Cadena Nacional sobre la Causa Malvinas”, esgrimiendo un discurso diametralmente opuesto a la línea sostenida por él mismo en los últimos dos años y medio.

En un mensaje correcto —en líneas generales—, se  reconocen algunos argumentos que, si bien no son en absoluto novedades en el reclamo  argentino, no habían sido expuestos —y mucho menos con este nivel de contundencia— por parte del presidente libertario, ni de ningún otro funcionario del gobierno. Entre ellos: afirmó que las Islas son argentinas por historia y por derecho, denunció la situación colonial perpetrada desde 1833, negó el derecho a la autodeterminación de los isleños por ser una población implantada en un territorio usurpado, puso en valor el sostenimiento del reclamo por mandato constitucional, el reconocimiento por parte de Naciones Unidas de una disputa entre las partes y el llamado a conversaciones para una solución pacífica, y destacó la relevancia geopolítica del Atlántico Sur y la Antártida. Todos estos elementos son fundamentales en el reclamo soberano, y es necesario remarcar que deben formar parte del repertorio permanente, independientemente de quién sea el presidente o el funcionario y el interés con que lo haga.

En términos más concretos, el gobierno denunció el incumplimiento del Reino Unido ante la realización de acciones unilaterales en el marco del proyecto Sea Lion[1](operado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration) que, según sostuvo, iniciará la explotación petrolera offshore en los próximos meses.

El proyecto Sea Lion evidencia hasta qué punto el reclamo argentino continúa atravesado por intereses geopolíticos y económicos asociados a la explotación de recursos naturales. El avance del mismo, sin consentimiento argentino, refuerza la consolidación del statu quo y profundiza el control británico sobre el archipiélago. Hace precisamente un año, aún sin pronunciamientos del gobierno en relación a la cuestión, advertimos cómo el avance de este proyecto contribuía a reforzar el control de facto del  Reino Unido y dando la espalda al reclamo argentino sobre la soberanía de las Islas; y que, al no tener una política exterior alineada con el interés nacional, Argentina estaba quedando excluida de decisiones claves sobre el archipiélago, como la explotación de sus recursos, al tiempo que cedía terreno en un conflicto que, lejos de resolverse, se complejiza cada vez más por los intereses económicos en juego[2].

En la cadena nacional se anunció la aplicación de sanciones económicas para las empresas petroleras que operaran en las Islas o en sus espacios marítimos circundantes sin la correspondiente autorización argentina. No obstante, ni esta denuncia ni el anuncio de sanciones son elementos nuevos, siendo que ya existía desde el año 2011 la Ley N° 26.659/11[3], que estableció el régimen punitivo para estas situaciones. La última sanción aplicada bajo este esquema se dio en el año 2022 contra Navitas Petroleum a raíz de su participación en la potencial exploración de hidrocarburos en Malvinas[4]. El último comunicado argentino se remontaba al 21 de septiembre de 2023, donde se condenaron las actividades de exploración y explotación consideradas ilegales por desarrollarse sin autorización de la autoridad competente argentina.

Lejos de orientar la política en este sentido, el gobierno actual demoró 20 meses en pronunciarse frente al avance del proyecto Sea Lion bajo las gestiones de Mondino y Werthein: sería recién el 11 de septiembre de 2025 que el gobierno retomaría un posicionamiento público más activo frente al avance del proyecto, reforzado dos meses después por el canciller Quirno durante la conmemoración del 60° aniversario de la Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General de Naciones Unidas[5]. No obstante, es cierto que, a pesar de la existencia de sanciones desde el año 2012, el proyecto continuó avanzando, lo que nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de profundizar y ampliar la estrategia que busca evitar la explotación de los recursos sin autorización argentina.

El proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, enviado al Congreso el pasado 17 de septiembre merece un análisis profundo que excede a los fines de este artículo por la cantidad de aristas que toca. No obstante, en términos de profundización, se puede rescatar que incorpora algunas novedades y modificaciones que amplían y endurecen el régimen sancionatorio. Entre ellas, cabe destacar que este ya no se encuentra delimitado a la exploración y explotación de hidrocarburos sino que “resulta aplicable a toda actividad no habilitada vinculada al aprovechamiento de recursos naturales, sean o no renovables” (Poder Ejecutivo Nacional, 2026, p. 2). Además, modifica la escala de las multas aplicables, disminuyendo tanto el piso como el techo de lo establecido por la ley vigente. Más allá del necesario análisis que pueda hacerse alrededor del nuevo régimen de sanciones para las empresas involucradas en los proyectos de explotación violatorios de la soberanía argentina en el Atlántico Sur, sería de fundamental importancia que el gobierno no espere a aprobar el nuevo proyecto para reiniciar los procedimientos sancionatorios ya regidos por la Ley 26.659/11.

No obstante, intentar hacer valer el ordenamiento jurídico argentino frente a las actividades no autorizadas en el área en disputa, mediante sanciones e inhabilitaciones existentes no impidieron hasta el momento que Sea Lion avanzara hacia la explotación, y difícilmente tengan un impacto significativo en el futuro, si no se lleva adelante una ampliación de la estrategia. En este punto toma relevancia la propuesta de internacionalizar la respuesta, que oportunamente plantea Jorge Argüello[6]: los ámbitos multilaterales, particularmente la Asamblea General de las Naciones Unidas y la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, son los espacios en los que Argentina debería proponer iniciativas específicas vinculadas al proyecto Sea Lion para reafirmar resoluciones existentes, advertir sobre las consecuencias irreparables de esta medida unilateral y volver a colocar la negociación entre ambos gobiernos en la agenda internacional.

Otro punto central de la cadena nacional, fue el anuncio de la construcción de una Base Naval Integrada en Ushuaia para la cual se reasignaron fondos a través del DNU 867/2026 basado en la necesidad de “fortalecer las capacidades operativas de las Fuerzas Armadas mediante la incorporación, modernización y recuperación de medios y equipamiento, con el fin de contribuir al adecuado cumplimiento de las funciones inherentes a la Defensa Nacional”. Es importante aclarar que la ausencia de esta Base representa un problema geoestratégico para nuestro país y avanzar en su construcción debería ser una prioridad de todo gobierno argentino. No obstante, el anunció llega con poca claridad de cómo se financiará la obra y luego de dos años y medio en los que se eliminó la fuente de financiamiento prevista (Fondo Nacional para la Defensa)[7] para esos fines desde el 2022, y que ya alcanzaba un grado de avance del 9,13% al momento que asumió el gobierno actual.

Por último, se anunció la creación de un Consejo de Seguridad Nacional que vincularía Cancillería, Defensa, Inteligencia y Economía. Este punto generó al momento de su anuncio la sospecha de que podría tratarse de un nuevo intento por vincular la Defensa Nacional y la actuación de las Fuerzas Armadas con la Seguridad y la Inteligencia Interior. En efecto, el proyecto de ley rompe con la estricta separación establecida por la normativa vigente al entrelazar los conceptos. Lo hace, fundamentalmente, a partir de la adopción del concepto de “seguridad nacional”, que ubica bajo un mismo paraguas a la Defensa, la Seguridad Interior, la Inteligencia Nacional, la Ciberseguridad y la Diplomacia. Además, establece una modificación de la Ley de Defensa Nacional para permitir la intervención de las FFAA frente a riesgos, amenazas y desafíos estatales o no estatales. Esto podría interpretarse como una nueva muestra del alineamiento acérrimo a la política exterior de Trump y su renovada Doctrina de Seguridad Nacional. Los riesgos y complejidades de implementación de este tipo de iniciativas, que ya contaban con antecedentes de proyectos legislativos presentados en los últimos años, se analizaron en profundidad “Fuerzas Armadas y Seguridad Interior: consideraciones sobre una tensión irresuelta” (Fundación Poliedro, 2024).

Estos tres puntos son algunos de los elementos coincidentes entre la cadena nacional y el proyecto de ley, que encarnan la propuesta del ejecutivo, los cuales —en función de la relevancia— deberán ser analizados y discutidos en profundidad con particular atención en separar lo urgente de lo estructural, impidiendo que con el impulso virtuoso en torno a la cuestión Malvinas se simplifiquen y aceleren cambios innecesarios en los sistemas de Seguridad y Defensa.

Para comprender mejor estos elementos —más o menos nuevos en el discurso del gobierno libertario— y para dimensionar su potencial impacto en el status quo, es importante considerarlos a la luz del posicionamiento general que el gobierno ha esgrimido en los últimos dos años y medio, no sólo en relación al reclamo de soberanía, sino también a los puntos de contradicción con la política exterior y de defensa adoptada: una estrategia adecuada en torno a la cuestión Malvinas implica necesariamente que la organización de la Defensa nacional encuentre complementariedad con una política exterior consustancial al cumplimiento de estos objetivos soberanos.[8]

Tal como se analiza en «Occidente como bandera. Un análisis del segundo año de la política exterior de la administración Milei«, las acciones del gobierno han contribuido a un retroceso significativo de la posición argentina referida a la cuestión Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur y espacios marítimos correspondientes: el saldo del primer año de gobierno fue de una pasividad predominante, que contrastó con los avances británicos orientados a afianzar su control sobre el territorio y el espacio marítimo en disputa. El saldo del segundo año, en cambio, conjugó la pasividad con una ambigüedad que contribuyó a consolidar el retroceso: mientras se sostenía el reclamo de soberanía en foros internacionales, el presidente hablaba, en medios internacionales, de la “voluntad” de los habitantes de las islas[9: el 2 de abril de 2025, el presidente Milei reivindicó explícitamente la autodeterminación de los isleños, alegando que “buscamos que prefieran ser argentinos”[10]; y, meses más tarde, en una entrevista brindada al medio inglés The Telegraph, se le atribuyó una frase que reafirma esta posición y que no fue desmentida: “el territorio sólo debería regresar a Argentina mediante negociación y cuando los isleños así lo deseen”.

En la política exterior de alineamiento irrestricto con Estados Unidos e Israel, la convergencia con potencias occidentales —entre las que se cuenta el Reino Unido a pesar de las actuales tensiones intra-OTAN— se ha impuesto sobre la estrategia diplomática histórica de reclamo de soberanía. Esto tiene implicancias directas sobre la adquisición de armamento y equipamiento militar, y particularmente en la proyección hacia el Atlántico Sur. Pretender recuperar el 25% del territorio que actualmente se encuentra ocupado por una potencia extrarregional, socia de la OTAN, no es compatible con el hiperoccidentalismo adoptado como premisa fundamental de la política exterior, implicando potencialmente mayores costos que beneficios.

Por otro lado, el hiperoccidentalismo que llevó a la argentina a avalar explícitamente el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, tal como sostiene Alejandro Frenkel erosiona los fundamentos jurídicos sobre los que la Argentina ha construido su reclamo: “la relativización de estos principios en otros escenarios regionales erosiona la coherencia de la política exterior argentina y debilita la legitimidad del planteo en el Atlántico Sur, porque no resulta sostenible, reivindicar la centralidad del derecho internacional para Malvinas y, al mismo tiempo, relativizar su vigencia cuando se trata de otros países, y cada excepción tolerada debilita el entramado normativo que permite proyectar la causa Malvinas como una cuestión de interés internacional y no meramente bilateral”[11].

A su vez, este alineamiento encuentra un alejamiento simétrico de ámbitos multilaterales y de socios estratégicos del Sur Global que respaldan el reclamo argentino, así como el quiebre de posturas históricas sobre paz y no intervención en zonas de conflicto o el posicionamiento ecléctico con respecto a la guerra en Ucrania, con consecuencias concretas para la posición argentina.

Por último, el posicionamiento del gobierno exhibe un sobredimensionamiento de las expectativas sobre un supuesto cambio de posición del gobierno norteamericano, que históricamente ha oscilado entre la neutralidad y el beneplácito a su socio noratlántico. Esto se da en base a recientes declaraciones del presidente Trump en las que mencionó «Siempre reviso todas las posturas. Esa [la postura de los Estados Unidos respecto a las Islas Malvinas] es sólo una de muchas»[12], y unas semanas más tarde «(…) estoy seguro de que me llamarán para intervenir en ese posible desastre. Pero si lo hacen, probablemente podré resolverlo”[13]. Esto está lejos de ser un cambio de posición de los Estados Unidos y pareciera responder más a la necesidad de Trump de tensionar con el gobierno laborista que con una vocación de trasformar los términos de la alianza estratégica sostenida con el Reino Unido.

Las tensiones que puedan generarse en torno a cuestionamientos de parte de los actores del sistema internacional sobre la legitimidad de la ocupación inglesa de las islas contribuyen a la posición argentina, pero no deben ser sobredimensionadas. Además, para evaluar el peso de estas declaraciones, es necesario considerar que se trata de un actor que se caracteriza por una verborragia la cual, fiel a su liderazgo carismático, persigue el impacto de corto plazo, por lo general ignorando las implicancias de sostener posiciones en el tiempo y sin inconvenientes para contradecirse sistemáticamente. En este punto se vuelve prioritario ponderar menos en el análisis las relaciones entre mandatarios, y analizar con mayor detenimiento las relaciones entre Estados a lo largo del tiempo.

Poniendo en perspectiva el giro de la política hacia la cuestión Malvinas, y considerando los límites del hiperoccidentalismo erigido como principio ordenador de la política exterior actual, es difícil salir del escepticismo en relación a que, en estas condiciones, pueda alterarse el status quo. No obstante, es importante destacar que algunos elementos están volviendo al lugar que nunca deberían haber abandonado y que, en este contexto, pueden contribuir a consolidar a la Causa Malvinas como una política de Estado. Aquí, es necesario preguntarnos ¿qué fue lo que motivó este cambio? Hay elementos suficientes para arriesgar una respuesta que se reduzca a un mero oportunismo electoral, pero esto puede hacernos perder de vista algo más importante.

El pueblo, la Scaloneta y la bandera

El 15 de julio de 2026, la selección argentina enfrentó a Inglaterra en la semifinal del Mundial de fútbol. Pocos días antes del partido en Atlanta, se habían cumplido 40 años del histórico partido de México 86, donde, en plena posguerra de Malvinas, Argentina se impuso por 2-1 con dos goles de Diego Armando Maradona. En esta oportunidad Argentina triunfó, una vez más, por 2 a 1. Pero el suceso más relevante pareció llegar en el momento del festejo, cuando los jugadores —aún en campo de juego y de cara a la hinchada— recogieron una sábana que había sido arrojada desde la tribuna con la inscripción “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”, y decidieron desplegarla para continuar con la celebración. Esta imagen rápidamente tomó alcance global y fue seguida de una serie de declaraciones de algunos jugadores que afirmaron entre otras cosas que “no le podíamos fallar a nuestro pueblo” (Lisandro Martinez), “y serán siempre argentinas” (Leandro Paredes). La reacción británica, de alto impacto, contrastó con la postura del gobierno argentino, que se mantuvo en “no mezclar el fútbol con la política”.

Es importante destacar que en los días previos al partido el gobierno argentino había convalidado, sin expresar desacuerdo alguno, la medida de la FIFA para prohibir el ingreso al estadio de banderas que contuvieran la imagen o frases vinculadas a las Islas Malvinas. Todo esto, como parte de la política oficial del organismo rector del fútbol mundial de expresar mensajes políticos en las tribunas, aunque después le entreguen la Copa al mismísimo Trump. Fue la transgresión de esa norma (el artículo 34 del Reglamento FIFA 2026, a todas luces arbitrario) por parte de algunos hinchas argentinos la condición necesaria para que puedan desencadenarse los hechos.

Pasada la euforia inicial, las implicancias de este episodio probablemente sean hoy subestimadas. No obstante, podríamos estar ante uno de los hechos de mayor trascendencia en relación a la causa Malvinas de las últimas décadas. Quizás el hecho más importante desde la guerra por lo que representa puertas afuera y puertas adentro de nuestra patria.

Por un lado, lo que implica “hacia adentro”: el partido se desarrolló bajo un clima de épica signado por un nuevo enfrentamiento con Inglaterra en una instancia decisiva de un mundial, el primero de Messi, el recuerdo de Diego, y la referencia directa a la Causa Malvinas (tema medular de la política y cultura nacional) bajo un gobierno con un fuerte componente antinacional y abiertamente anglófilo. El desencadenante no provino de la dirigencia política, sino de los ídolos que volvieron a ilusionar a una generación entera. Una generación que creció en un contexto en el que Malvinas volvía gradualmente a ocupar espacios producto de una política de malvinización y un trabajo incansable de personas e instituciones que se encargaron de mantener viva una causa, aún en aquellos períodos donde se materializaron retrocesos autoinfligidos desde el Estado argentino.

Desde principios de siglo, tras décadas de desmalvinización, Malvinas volvió a ocupar un lugar en los mapas, en las escuelas y en las rutas, en las canciones de cancha y en los trapos, en las calles y paredes de los barrios de Argentina, antes de llegar a Atlanta en forma de sábana que se transformó en bandera. Es difícil no trazar una relación entre estos hechos y las masivas expresiones de nacionalismo popular que, trascendiendo fronteras partidarias, el 6 de agosto desbordaron las calles y las redes sociales ante el inminente tratamiento de la “Ley de inviolabilidad de la propiedad privada” y llevaron al fracaso de los capítulos que apuntaban a modificar la Ley de Tierras y la Ley de Manejo del Fuego.

Por otro lado, es relevante considerar lo que implica “hacia afuera”, enmarcado en fenómenos de mayor alcance como las guerras por la información o el “framing”[14] que ejercen los gobiernos para torcer la conversación digital: además de haber sido uno de los partidos más vistos del mundial —ya de por sí el evento deportivo de mayor alcance global— los días posteriores mostraron un notable aumento en el interés por las Islas Malvinas, que registró un incremento del 2.400% en búsquedas (según los datos de Google Trends), constituyendo el mayor salto en la atención digital de los últimos años.

En este punto encontramos varios elementos para analizar. Por un lado, desde Qatar 2022 existe un trolleo constante hacia la selección argentina, proveniente en especial de otros países de la región: bajo la lógica de ganar interacciones, se desarrollaron narrativas vinculadas a las ayudas de la FIFA y de su presidente, hacia la selección argentina y la figura de Messi, o la retórica de los “malos ganadores” surgida en Europa, especialmente en España.

En esta sintonía comenzó el Mundial 2026, con ataques a la selección argentina basados en supuestas ayudas arbitrales, potenciada por la viralización de imágenes modificadas con IA, pero que aún podemos calificar dentro del “folklore futbolero”. Sin embargo, lo que se evidenció después del partido con Inglaterra como hecho a partir de la bandera, respondió a una lógica distinta: ya no fue crítica a la selección argentina o a su capitán, sino un ataque frontal contra el país, sus valores y su cultura[15]. Lo que siguió fue un desplazamiento de la conflictividad digital hacia la narrativa de Argentina como país racista, llegando a altos niveles de ignorancia hasta interpretar la victoria española en la Final como una victoria del “multiculturalismo”, pero también violencia directa contra compatriotas en algunas ciudades españolas. De esta manera, y ante la gesta deportiva que masificó el reclamo nacional —y profundamente popular— a escala mundial, desde las usinas del poder blando del decadente imperio britanico se intentó construir una falacia histórica[16] extrapolando sus propios casos de genocidio y segregacionismo, como el perpetrado en Sudáfrica e India hasta hace medio siglo atras. A esta tendencia discursiva se sumó, por supuesto, el progresismo demócrata de los EEUU, quienes visualizaron en el tema una forma indirecta de atacar a Trump a través de Milei.

En definitiva, esta vez, el principal hecho de reivindicación de soberanía argentina sobre las Islas Malvinas no provino del Estado argentino, al menos no en la forma en la que se lo esperaba. Emergió, en cambio, espontánea, desordenada y hasta irracionalmente en el accionar de un grupo de hinchas y algunos jugadores, que en la euforia del festejo, más o menos conscientes sobre el significado y las implicancias, expusieron ante los ojos del mundo la voz de nuestro pueblo, en uno de los pocos asuntos que alcanza un consenso mayoritario: las Malvinas son, y serán, argentinas.

Una causa del pueblo: el todo es más que la suma de las partes

Mucho se ha discutido en las últimas semanas acerca del oportunismo político en el cambio de rumbo propuesto por el gobierno nacional, y mucho se había hablado en aquel entonces, tanto antes como después del partido, sobre el rol y la opinión de los jugadores y cuerpo técnico en relación a la importancia del enfrentamiento con Inglaterra y su significado más profundo. Elementos superficiales y de escasa relevancia ante un proceso que deviene en inevitable[17].

En rigor de verdad no es lo más relevante si el giro del gobierno es oportunismo o convicción. Importa poco si los jugadores de la selección eran conscientes del impacto que podía generar el hecho de desplegar esa bandera, o si estaban o no de acuerdo; importa poco si al hacerlo estabanhomenajeando a nuestros héroes de Malvinas o estaban reivindicando el principio de uti possidetis iuris; importa poco si sabían que el presidente de la Nación ha reconocido para los isleños el principio de autodeterminación de los pueblos. Como también poco importa si quien incluyó la línea “por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré” o quienes la repitieron miles de veces en Qatar, en el obelisco y en cada plaza del país en diciembre de 2022 festejando el mundial, han leído el Informe Rattenbach.

Es en este punto donde radica lo más valioso de la cuestión: no se trata, ni se tratará nunca, de un arrojo individual, ni de una construcción monolítica impuesta por un gobierno a través del aparato estatal. Se trata de algo más difuso, algo imposible de encerrar en categorías lógicas. Aparentemente, tampoco se trata de una concepción acabada de los sujetos sobre el tiempo y los movimientos superestructurales. Es más bien el resultado de un proceso histórico extenso y complejo en el que, desde las invasiones inglesas hasta nuestros días, se combinan muchas aristas: trayectorias —personales y comunitarias—, luchas sociales, expresiones culturales, leyes, política y políticas. Todas ellas, confluyen en un cuerpo que las trasciende, encarnando finalmente algo más grande: el todo formando algo más que la mera suma de las partes. Ese cuerpo es el pueblo, irrumpiendo una vez más en la historia: una categoría que, como nos enseñó Francisco, no es lógica sino mítica, y está compuesta por un sentido de pertenencia, y una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales; una categoría que lejos de ser homogénea y cerrada, como la esfera, es heterogénea y abierta a la diversidad, a imágen del poliedro.

La recuperación de las Islas Malvinas debe ser uno de los pilares en los que se estructure la política nacional. Poner, y sostener el tema en agenda es importante, recuperar los fundamentos sólidos sobre los que Argentina construyó su reclamo históricamente es fundamental. Sin embargo, a la luz de los avances ingleses de los últimos años, es necesario ampliar la estrategia y acumular todos los medios posibles para aumentar los costos del sostenimiento de la ocupación ilegal.

El abordaje de la problemática, en las condiciones que hoy se encuentra el país, requiere necesariamente ser realizado desde la óptica del desarrollo, trabajando con criterios comunes en los distintos ámbitos de interacción con el entorno global, como el económico, el diplomático, y el de defensa. Resulta imprescindible dotar al país de la relevancia necesaria que permita contrapesar la injerencia británica mediante el encarecimiento de sus acciones en todos los ámbitos posibles.

Al margen de las discusiones y definiciones pendientes, del curso que tomen las propuestas del ejecutivo, y de los ajustes necesarios para reconfigurar lo que supo ser una verdadera política de Estado en torno a la cuestión, fue el pueblo argentino quien nos da la oportunidad hoy de recuperar una vez más el camino de la Causa Nacional. Dependerá de una dirigencia nacional que se encuentre a la altura de las circunstancias para avanzar en ese sentido sin mezquindades y poniendo por encima de cualquier cálculo cortoplacista el interés nacional.

[1] Ver Fundación Poliedro (02/09/2025). Malvinas, petróleo y soberanía. Por Iara Díaz. Política Exterior y Defensa Nacional.

[2] Fundación Poliedro (02/09/2025). Malvinas, petróleo y soberanía. Por Iara Díaz. Política Exterior y Defensa Nacional.

[3] Ley 26.659 de 2011. Establécense condiciones para la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina. 12 de abril de 2011.

[4] Ministerio de economía (23/04/2022). Sanción a empresa petrolera por actividades ilegales en la plataforma continental en Malvinas.

[5] Cancillería de la República Argentina (16/12/2025). Acto en conmemoración del 60° aniversario de la adopción de la Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Cuestión de las Islas Malvinas.

[6] La Nación (18/09/2026). Antes del primer barril. Por Jorge Argüello.

[7] El FONDEF fue creado en el año 2020 con el objetivo principal de financiar el proceso de reequipación de las Fuerzas Armadas. En marzo de 2022, bajo la gestión de Jorge Taiana, se anunció la puesta en marcha de la Base Naval Integrada de Ushuaia con los recursos del FONDEF.

[8] Fundación Poliedro (02/04/2025). ¿Quién nos habla aquí de olvido? La cuestión Malvinas en el alineamiento automático con occidente. Por Bernardino Santamarina y Marcos Merello. Dirección de Política Exterior y Defensa Nacional. Fundación Poliedro. Abril, 2025.

[9] Fundación Poliedro (2026). Occidente como bandera. Un análisis del segundo año de la política exterior de la administración Milei. Dirección de Política Exterior y Defensa Nacional. Fundación Poliedro. Febrero, 2026.

[10] Casa Rosada (02/04/25). Discurso del Presidente Javier Milei en el Homenaje a los Héroes de Malvinas.

[11] Cenital (09/01/26). La “Doctrina Donroe” y la política exterior de Milei: una alianza llena de contradicciones. Por Alejandro Frenkel.

[12] BBC News (01/09/2026). Trump dice que la posición de EEUU sobre las Malvinas/Falklands está bajo revisión.

[13] Clarín (12/09/2026). “Un desastre potencial”: Trump advirtió a la Argentina y el Reino Unido por Malvinas y se ofreció como un eventual mediador.

[14] El anglicismo hace referencia a las estrategias de propaganda política, publicidad e incluso marketing que instalan un tema con una determinada línea argumental para influir en un determinado público o audiencia.

[15] Aquí incluso podemos volver a Qatar 2022: fue en el contexto de aquel Mundial que apareció un artículo en The Washington Post titulado «Why doesn’t Argentina have more Black players in the World Cup?«, haciendo una sobreactuada critica a la falta de jugadores negros en nuestra selección.

[16] Autores como Pinkerton (2014) y Benwell (2016) describen la forma en que el gobierno britanico —a través de su Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth— invierte recursos en presencia de redes sociales (sobre todo en el viejo Twitter, posterior X) para instalar, por ejemplo, la idea de la autodeterminación de los kelpers como causa legal para la ocupación. Es decir, desde que las redes sociales se transformaron en un espacio de disputa política global (especialmente a partir de la década de 2010), el gobierno britanico invierte dinero e investigación en el formateo de la conversación digital, influyendo en la percepción creada de la Argentina como país racista, xenofobo, potencialmente peligroso y por ende, con poca legitimidad para reclamar la soberanía de las Islas Malvinas y los archipiélagos del Atlántico Sur: la intensidad y virulencia de la campaña anti-argentina en los tres días transcurridos entre la semifinal y la final, incluidos los episodios de violencia física comentados, es la agudización de este proceso.

[17] Enfant Terrible (02/04/25).  “La malvinización es inevitable”.

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